
En la mágica espera de un destino, la ajena fémina a veces cruel y distante, cruda y severa pero siempre firme que conocemos como vida, llega a nosotros como un rayo. Nos penetra y se funde en nuestro ser como el metal se adhiere a otro al exponerse al altas temperaturas. Y nos llena de contradicciones tan necesarias como el aire mismo. Amor y odio, Alegría y tristeza, miseria y felicidad. Todo sin ningún propósito real. Todo al azar. Todo lo entrega la vida al viento y al misterio y te inyecta lo que te toca. Y de pronto después de años y años de vagar sin rumbo y en busca de destino te das cuenta que en realidad no lo hay, que no existe, que al igual que todos los seres y todas la cosas de este mundo están aquí por azar, por suerte. Y todo se vuelve una decepción, una falacia, una triste verdad que azota el cuerpo y la mente, pero sobre todo, derrumba el ego. Ese ensimismo elevado que tanto queremos mostrar pero pocas veces exponemos. Y entonces, una vez que descubres que nada es cierto y que sin remedio ahora por fin puedes ser libre y estás dispuesto a entregarte, a fornicar con la vida y a vivirla… te llega la hora. La puta te coge y sin dilación se levanta y se va. Desaparece y jamás vuelves a saber de ella. Te arrebata todo. El corazón en pedazos, los recuerdos a flor de piel y el alma vulnerable ante el cuerpo. Huye de nuestro ser como el gato callejero que alimentas y cuidas y al estar satisfecho se va sin agradecer ni explicar. Solo así. Entonces te llega el momento. Aquel en donde tú solo te enfrentas a tus propios miedos. La vida te abandona y sucumbes ante la muerte. Perra de perras que sin preguntar te lleva a su mundo, a su miseria, a su final. Todo ha acabado ya. Ya no hay más oportunidad de nada, u otro día más, u otro amanecer. No hay sueños o arrepentimientos. No hay recuerdos del ayer, ni prospectos del mañana. La esperanza huye, el auxilio es mudo y el silencio lastima los oídos. La oscuridad se presenta para quedarse y en el descanso eterno quedas resguardado, sin poder cambar lo que hiciste mal. Sin oportunidad de hacer aquello que tanto deseabas y nunca te decidiste a hacer. Se esfuman tus sueños como el agua se derrama del vaso y nos es posible recuperarla otra vez. Así es la muerte. Deliberada y firme. Pero vencer a la muerte es posible con la vida. Cuando se goza sin buscar una razón, por el simple placer de vivir, de ser quien tú quieras y de hacer lo que deseas. Ese es el verdadero “destino” de todos los que estamos aquí. Ser únicos y verdaderos con nosotros Para encontrar un sendero para caminar.
Jess Mount.
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